Bueno, un par de días de recibir el reporte de mi papá, me pongo a escribir este post. Bueno, me cuenta que saliendo de Belice empezó todo (selollevólachingada pero todo salió bien al final). Se encerró en una barrera de coral, y para poder salir a mar abierto tenía tres opciones: regresarse hasta los cayos (que retrocedía demasiado), seguir hasta Belice City y pasar por estrecho que le hacía perder un día completo o si no salir en diagonal por los cayos pero sin nada de señalización y muchos arrecifes que no salen del agua y sólo los reconocés porque la ola revienta allí.
Todo esto, me hizo recordar la vez que fuimos a los cayos de Belice, nos pasó algo así pero íbamos como 5 en el velero y podíamos colaborar con mas de algo. Pero en este caso, va sólo él. Bueno, la cosa es que el barco cala 6 pies hacia abajo y le tocaba buscar con el profundímetro una salida como de 100 metros donde las olas no estuvieran reventando y pasar, cuando me contó esto me escribió “Así de simple y así de complicado”. O sea, escogió la tercera opción. La sudó también: al avanzar se fue en un ángulo que no podía ver la salida y era una sola reventazón, cuenta que no sabía que hacer y que iba mal, que en ese ratito dijo que hubiera escogido la opción dos que, a la larga, era la más lógica, pero a esas alturas ya estaba en el caos ese. Angustia. Regresó un poco por donde había llegado y vio un pedacito sin reventazón, allí se metió. O sea, en esas situaciones si llegas a en callar te-jo-dis-te y el barco se hace popó. El profundímetro indicaba 20 pies, de ahí 10, de ahí 9, 8, 7 (mi papá sudaba frío y decía “ya la cagué, ya la cagué”) pero de ahí, 9, 10, 20 pies, 150 y luego 1000 pies. Salvado, pero con los nervios aguados.
Estaba eufórico y dice que brincaba detrás del timón y gritaba: puta puta puta! Lo pasé! Lo pasé! Ya más tranquilo y en mar abierto, se topó con olas gigantes y onduladas. Ya había pasado todo…casi.

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